sábado, 1 de agosto de 2009

La prostitución, un trabajo común pero muy criticado por la dizque sociedad

por RAUL TORRES (V y Ultima)

Mirna crió a dos hijas sola, es mujer transgénero, pero de eso prefiere no hablar, a fin de cuentas esa decisión la tomó mucho antes de empezar a prostituirse. Dice que tiene 48 años, se le notan una o dos cirugías en el rostro, sus rasgos masculinos han desaparecido casi por completo, el tiempo ha hecho su parte, el delgado y descolorido vello que cubre su barba podría pasar inadvertido para quien no conoce su condición. Se asume como mujer y al hablar con ella cualquier duda se disipa, ella mira la vida desde lo femenino, incluso, sería difícil para regatearle el instinto maternal.

“Empecé a los 20 años, yo era casada, tenía una hija y mi marido murió ahogado en un barco pesquero, ahí en Guaymas, Sonora, y pos yo no sabía hacer nada, ni estudiar ni nada, no había estudiado, tuve que empezar a trabajar así, y así fue como empecé, dizque de bailarina y ya después ya me empecé a meterme a la prostitución”.

Es parca al hablar, su voz de tonos graves que no llega a perder feminidad, todavía recorta las palabras al modo de quien nació en la costa.

“Allá nomás bailaba y después de ahí llegaron unas señoras que llevaban a trabajar a Cananea, Sonora, y ya fue cuando me empecé a prostituir yo por mi cuenta para sacar adelante a mi hija y a mi mamá, y hasta ahorita es la vida que he llevado”.

Los años ya pesan sobre Mirna, el oficio y el constante ir y venir de un sitio se notan en su paso y en los movimientos de su cuerpo moreno.

“Pero ya no trabajo muy bien, así, o sea que trabajo, descanso dos tres meses y a veces, nomás de vez en cuando; tomé la decisión de prostituirme porque andaba bailando y no me dejaba mucho dinero y la prostitución me dejaba más, dejé a mi hija en Guaymas y le mandaba dinero. Toda mi vida trabajé en Magdalena, Imuris, Cananea, en todas esas partes, duraba un tiempo en un lugar y luego me iba a otro lugar y así trascurrió mi vida”.

Para ella la prostitución no ha representado otra cosa que negocio, una oportunidad de obtener dinero que en otros sitios le era negado, no son agradables sus recuerdos pero tampoco hay rastro de tristeza en lo que dice. En su caso, antes se asoma la desconfianza que el dolor.

“Como ya era una mujer hecha y derecha no sentí nada cuando me prostituí por primera vez, simplemente vi más dinero y pues eso fue lo que me orilló más, no hay ninguna satisfacción en esto pero tampoco sufrimiento porque pos pude sacar adelante a mi gente y ahorita estoy muy retirada, ya casi no trabajo, nomás voy de vez en cuando y cuando se me da la gana. Lo más difícil es lidiar con la policía y últimamente más, sobre todo ahora que trabajamos en hoteles, pero antes como trabajaba en centros nocturnos no era difícil. Ahora es más difícil por la policía, la gente, el qué dirán… tenemos que estarnos escondiendo y pos muchas cosas hay en contra ahorita ya. Antes no había tanto, no tenía uno prejuicios tantos como ahora, antes cuando está uno joven no tiene tantos prejuicios como cuando ya está grande y tiene familia, es muy diferente la vida”.

Las cuentas comienzan a salirle mal a Mirna en el relato y ante el riesgo de mostrar datos precisos que revelen su edad, prefiere seguir contando como si los años pasados no tuvieran importancia, a fin de cuentas ya son tiempo que no regresa.

“Yo veía a mi hija seguido, como cada 15 días o más seguido si podía, hasta hace 10 años ya se vino a vivir conmigo, nunca la abandoné ni a ella ni a mi mamá ni a mi hermana. Llegué a Guadalajara hace como 30 años y trabajé en dos centros nocturnos muy famosos, nomás llegué me vieron y ya. A veces me iba bien y a veces no, es como todo negocio, a veces uno vende mucho y a veces nada, como ahorita que está muy mal la cosa y por eso tengo mucho tiempo que no trabajo. Aunque ya me da lo mismo porque ya no tengo tanta necesidad, vivo de lo que pude juntar para vivir mi vejez, compré mi terreno y finqué mi casa, ahorré como cinco años para comprar el terreno y duré tres años para construir. Las grandes tenemos que prevenirnos y sabernos administrar para asegurar la vejez, porque vienen las veinteañeras y para ellas es el trabajo. Las que no saben administrarse y viven siempre atenidas a lo que ganan para darle al padrote, a esas nomás les queda la vejez y andar causando lástimas. Yo nuca tuve a nadie que me dirigiera, ni de joven y ahora de vieja menos, eso rebundó (sic) mucho en mi vida, todo el tiempo trabajé para mí, siempre fui de armas tomar, sabía en lo que andaba y tenía que sobresalir entre los leones. Fue difícil, difícil, dificilísimo”.

Desconfía de todos los hombres, “cabrones” a su juicio, oportunistas que sólo buscan alguien que los mantenga. Desde su condición de transgénero llega la contradicción.

“Las mujeres tenemos que ser como los hombres, podemos hacer todo también. Yo perdí la confianza en todos los hombres porque en este ambiente qué hombre te va a querer si te manda a venderte. ¿Qué amor es ese? Eso sólo lo puede pensar una tonta que no sabe ni lo que es querer ni que la quieran, esta vida se hizo para las astutas, no para la gente tonta. Y para los astutos, porque ahora son los hombres los que ganan un chingo porque tienen hasta tres o cuatro mujeres trabajando para ellos”.

–¿No le ha hecho falta el amor?


–Amor no, tengo el de mis hijas.

–¿Saben su historia?


–No, pa’ qué. Nunca supieron, porque en ese sentido fui muy hábil, siempre pude disfrazar mi trabajo, como en mis principios yo empecé bailando eso es lo que les presento, mis publicidades y todo. Así viví.

–¿Por qué prefiere que no sepan?


–Porque si no me han preguntado nunca para qué les voy a decir.

–¿Cree que las lastimaría?

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–Ya no. Tal vez en aquel tiempo sí, pero ahorita ya no. Una tiene 22 y la otra 19. Yo me imagino que lo saben, nomás que pos como yo nunca les digo nada y nunca me vieron en un mal paso, no tienen nada que reprocharme, nada.

–¿Les recomendaría esta vida?


–¡No, jamás! Por eso me partí a brazo partido, para sacarlas adelante y no anduvieran en esto jamás, eso no se lo deseo ni a mi peor enemiga.

–¿Ahora, a la distancia, cree que hubiera podido salir delante de otra forma?


–No… no. Para qué sirven uno o dos salarios mínimos. Pero lo hecho, hecho está y ya salí adelante. Este es un trabajo común y corriente nomás que muy criticado por la dizque sociedad. La misma prostitución está en su casa de ellas, cuando el marido llega borracho la mujer tiene que cumplirle como mujer y hacer lo que él día y nomás porque le da para comer; se está prostituyendo. ¿Cuál es la diferencia? Si vamos con las artistas, ellas se van con un señor por un abrigo de mink o 10 ó 15 mil pesos, es lo mismo nomás que tapado y barnizado. Es un oficio que necesita mucha fuerza y mucho valor para enfrentar lo que viene. Eso es todo.”

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