(No hay referencia del autor pero el artículo es extraordinario!!)
He dudado mucho antes de decidirme a escribir acerca de las esposas de los travestis porque es casi imposible postular cualquier cosa que sea pertinente para todas ellas. En todos los campos en que están incluidos seres humanos, todo intento de generalización provoca oleadas de protestas por parte de aquellos que no se identifican con el postulado general.
Mis circunstancias me limitan a no escribir más que acerca de las esposas que conozco personalmente y de aquellas cuyas actitudes me han sido comunicadas por sus maridos durante nuestras conversaciones o por medio de nuestra correspondencia. Con el propósito de facilitar este análisis, he clasificado a las esposas en seis categorías, tomando como modelo los seis grados con los que la mayor parte de las escuelas califican el aprovechamiento de los alumnos *. Tendremos, entonces, esposas de nivel “A” (excelentes), esposas “B” (buenas), esposas "C” (regulares), esposas “D” (aceptables), esposas “E” (malas) y esposas “F” (un fracaso total, calificación reprobatoria). No hay que olvidar que esta es una clasificación considerada desde el punto de vista del travestista y, por lo tanto, sumamente parcial.
ESPOSAS “A” plus:
Antes de entrar a la descripción de estos maravillosos especimenes de la especie humana, me parece oportuno mencionar que la Esposa “A-Plus” sería aquella que alcanzaría el éxtasis cada vez que su marido se vistiera de mujer. Ella lo llevaría personalmente de la mano al tocador y procedería a transformarlo en una dama. Su mayor felicidad la alcanzaría cuando gozara de la compañía femenina de él. Nunca se compraría nada para sí, a menos que antes hubiera adquirido algo igualmente atractivo para “ella”. Cuando, por cualquier causa él optara por no “vestirse” en alguna ocasión, ella se sentiría desolada. La Esposa “A-Plus” se considera la más feliz de las mujeres y le resulta incomprensible que otras esposas puedan llevar una vida marital satisfactoria con un marido que no sea travestista.
Tras este vuelo a las alturas de la fantasía, volvamos a la realidad y a...
ESPOSA “A”:
Es una chica que realmente toma en serio el concepto de sociedad que implica todo matrimonio. Dos personas que comparten sus vidas al máximo (excepto en los casos en los que es imposible hacerlo; p.ej.: cuando el marido es un fanático del levantamiento de pesas, del fútbol americano, de cortar leña con hacha, etc.). La Esposa “A” ama a su marido tal como es y no intenta “hacerlo cambiar” en el sentido de lo que ella preconcibe como el marido ideal. Ella lo acepta sin restricciones porque lo ama y está con él incondicionalmente. Se identifica con aquellas heroínas cinematográficas que, después de que su hombre ha cometido un crimen y va en camino de la cárcel, le dice: “Querido, estaré esperándote”, y se identifica en serio. Así es una Esposa tipo “A”. Sabe que el travestismo no es algo que pueda encenderse y apagarse a voluntad como un interruptor eléctrico. Discute la cuestión con su marido de principio a fin y está siempre dispuesta a verbalizar sus sentimientos. Disfruta de lo que el fenómeno significa en sí mismo. Está bien dispuesta a conocer a otros travestis y a sus esposas, y los ayuda a entender y superar el fenómeno...
ESPOSA “B”:
La siguiente es la Esposa tipo “B”, que es una mujer de personalidad entusiasta, de espíritu práctico, incapaz de creer que una persona no pueda superar sus problemas. Es una buena esposa de travesti, aunque no le preocupe especialmente indagar “los porqués ni los orígenes” de lo que ella considera “las peculiaridades inofensivas de su marido”. La Esposa “B” no se burlará cuando su esposo se vista de mujer, ni se opondrá a que lo haga cuando “no haya moros en la costa” (cuando estén a salvo de los vecinos y de los niños). Hará de buen grado las compras necesarias para satisfacer sus necesidades transgenéricas, aunque probablemente no aquilate cuán significativos e importantes son para él los artículos de vestuario que ella adquiere en su nombre.
Ella ha llegado a comprender que “su marido es más feliz” cuando se viste de mujer, pero no concibe que prefiera pasar un fin de semana vestido de chica, en lugar de pasarlo con los hijos o en la casa de campo de su hermana. La Esposa “B” ejerce, hasta cierto punto, una función equilibradora sobre su marido. Asume que él no es lo suficientemente inteligente para balancear sus actividades familiares, evitando exagerar el ejercicio de sus preferencias genéricas cuando éstas vayan en detrimento del resto de las actividades que ella espera de su esposo. No objetará que se vista de mujer, siempre y cuando sea discreto, cumpla satisfactoriamente con sus responsabilidades de proveedor y demuestre ser un buen padre para sus hijos y un amante esposo con ella. Si cumple con estas condiciones, a ella no le preocupa en lo más mínimo cómo se vista en sus periodos travestistas.
Disfrutará incluso de que se acueste con un camisón de encaje simplemente porque a él le gusta, sin inquietarse por las razones que pueda haber detrás. Si llega a conocer a otros travestis y a sus esposas, los juzgará tan sólo por su calidad de “personas agradables” con quienes uno puede departir a gusto. Comentará que a ella no le importa que él se vista de mujer y se mostrará orgullosa con los demás de que “su marido no beba ni apueste en exceso y sí, en cambio, le sea fiel”. En realidad, la Esposa tipo “B” intuye que esa “peculiaridad” constituye una garantía de fidelidad, puesto que si a él se le permite “vestirse” en casa, en ninguna otra parte se sentirá mejor y, en consecuencia, la probabilidad de que salga en busca de aventuras es prácticamente nula, sobre todo si es de la clase de travestis que acostumbre usar ropa íntima femenina debajo de su ropa masculina o que guste de tener pintadas con barniz las uñas de los pies.
Es, en definitiva, una chica práctica que no pierde oportunidad para fincar sólidas bases para su hogar; de alguna manera su actitud al respecto es como la de ciertas mujeres que no se sienten totalmente seguras de su matrimonio sino hasta que tienen hijos porque piensan que cuando un esposo es también padre, en caso de cualquier malentendimiento que surja entre ellos en el curso de su vida marital, los hijos siempre constituirán en factor primordial para la reconciliación y para resolver en forma pacífica la controversia. De alguna forma considera que, al aceptar las “extravagancias” de su esposo, tiene a su favor un argumento más en caso de que el cielo conyugal llegue a cubrirse de nubarrones. Se da cuenta de que no debe intentar “curarlo”, porque sabe Dios hacia qué otras cosas puede inclinarse para remplazar su travestismo si se ve obligado a renunciar a él. En todo caso, el tener un marido travesti la hace sentir más segura.
La principal diferencia entre una Esposa tipo “A” y otra tipo “B”, consiste en que esta última no comparte con la primera su interés en compartir plenamente con su esposo su vida transgenérica. No por ello dejará de ayudarlo a que se vea bien, le aconsejará, incluso lo acompañará en sus incursiones al exterior si lo considera suficientemente seguro, pero básicamente sentirá que su peculiaridad no le concierne más que a él y que su participación se limita a aceptarla de la misma forma en que uno acepta las particularidades de un niño amado.
La Esposa “B” siente que, hasta cierto punto, en lo que concierne a esta situación particular, ella es más madura que su marido y, por tanto, es uno de los aspectos de su vida conyugal en el que posiblemente ella sea superior a él, en virtud de no padecer de ninguna peculiaridad por su parte. Considera al travestismo como un detalle de debilidad en una personalidad que, en sus demás aspectos, es fuerte y casi perfecta; aunque, por otro lado, admita que no se trate de una debilidad desagradable ni dañina y que, por tanto, no sea difícil de sobrellevar. Además, en ocasiones puede llegar a ser una fuente de diversión para ella, como cuando le permite lavar los platos o cuando le es sumamente útil al realizar una serie de trabajos domésticos que pueden llegar a ser demasiado pesados para el ama de casa. “Querido, ya que estás lavando tus cosas, ¿no quisieras lavar las mías?”. Argucias que funcionan maravillosamente.
LA ESPOSA “C”:
Cuando un travesti está casado con una mujer de este tipo, siente que todo está bien, que podría ser peor, ¡mucho peor! Por lo general, este tipo de esposa requiere de gran cantidad de explicaciones y de una extraordinaria paciencia para aceptar la “rara conducta” de su marido, pero finalmente consecuenta con la idea, aunque no deja de desear que hubiera algún medio de eliminar esa “conducta ridícula”.
Se esfuerza en adaptarse de la mejor manera si se encuentra en una reunión de travestistas e intenta de buena fe aceptarlos y que le agraden en calidad de amigos de su esposo. Admite que la mayor parte son personas agradables, pero considera una lástima que pierdan su tiempo en algo tan improductivo y carente de sentido como el reunirse vestidos de mujer, con maquillaje y pelucas. Al término de cada reunión transgenérica, desea en secreto que su marido haya tenido suficiente satisfacción en vestirse de mujer como para que le dure lo más posible y se siente en extremo defraudada si él pretende “vestirse” de nuevo al día siguiente. Lo consecuenta, pero no lo anima, respecto a sus inclinaciones; se siente ridícula cuando le compra artículos femeninos, en tallas demasiado grandes. Intenta agradar a su “hombre”, comprende (¡al fin, después de interminables discusiones!) que él es como es y que lo más probable es que siga siéndolo el resto de su vida; pero, en el fondo, no le gusta y desearía que no fuera así. Ella intenta sinceramente que esa conducta le agrade, pero algo en su interior le impide aceptar emotivamente esas inclinaciones excéntricas.
Cuando esta esposa llega a descubrir la situación por vez primera, sufre un verdadero shock; piensa que su marido es “uno de esos pervertidos” de los que uno lee en los periódicos y es preciso librar una auténtica batalla cuesta arriba para convencerla que no es así. Pero, a veces, cuando él da rienda suelta a sus inquietudes y proyecta destellos de femineidad, el gusanito de la duda repta hasta los más recónditos de su mente. Sabe, no obstante, que es inútil luchar contra su “obsesión” y carga en silencio lo que considera que es “su cruz”. Se pone nerviosa cada vez que él se viste de mujer y vive con el temor de que su secreto sea descubierto y caiga sobre ella y su familia la burla y el escarnio. Tiembla al pensar que alguna de sus amigas llegue a descubrirlo y teme caer en una crisis nerviosa si “ellas” se enterasen.
Como ella todo lo sufre en silencio, ya que ama al amable cónyuge y no lo regaña, él piensa ingenuamente “mi esposa acepta mi travestismo de buen grado”. Pero, ¡no es cierto, de ninguna manera! Si alguien inventara alguna píldora para “curar” el travestismo, ella sería la primera en administrársela subrepticiamente con el pretexto de darle un nuevo remedio contra la gripe recomendado por su médico. En mi opinión, la Esposa “C” es el tipo más frecuente entre las mujeres de los travestis; insisto, no obstante, en que estas categorías no son inamovibles. Una Esposa “C” bien puede convertirse en una de tipo “B” (¡sin que me refiera a su aspecto!) o incluso alcanzar el grado “A”. Casi siempre, depende del propio travesti poner los medios para lograr tal propósito.
LA ESPOSA “D”:
En el caso de la Esposa “D”, el travestista enfrentará dificultades. Ella sabe de sus intensos deseos y, a veces, contemporizará con ellos, pero él nunca podrá estar seguro de su reacción: algunas noches aceptará de buen grado su “compañía femenina”; pero, otras, se mostrará irritable, le lanzará miradas de desprecio que lo lastimarán hasta el fondo del alma. Se quejará del despilfarro de dinero que significan todas esas compras estúpidas como una peluca cara o un bonito abrigo de invierno, sin que considere que él esté ganando bien. Le será indiferente que el se compre un rifle de caza o un juego de palos de golf chapeados en oro....¡pero un vestido de 20 dólares, de ninguna manera! También se niega a compartir sus ejercicios transgenéricos y preferirá visitar a su madre el fin de semana para que él pueda desahogar solo sus impulsos.
La Esposa “D” nunca pierde la esperanza de poder reformarlo y hace todo lo posible por interesarlo y comprometerlo en lo que considera “actividades y objetivos netamente masculinos”; llega incluso a organizar reuniones imprevistas en casa con personas no-travestistas, a sabiendas de que interferirán con la velada en que él había planeado vestirse de mujer.
Si el trata de besarla cuando está “vestido”, ella lo rechazará con un “¡No te atrevas a besarme mientras estés vestido así. Me das horror. Siento como si me hubiera casado con una MUJER!” O bien comentará: “¿Tienes que vestirte así cada vez que tienes un día libre?” Otras veces se volverá francamente hostil y le dirá: “Muy bien, ya que tanto quieres ser una mujer, entonces compórtate como una. Limpia la casa este fin de semana, lava la ropa, plánchala. ¡A ver si eso te gusta!” (¡Ella piensa que con esa clase de remedios lo curará!). Tendrá la idea fija de que el travestismo no significa otra cosa que el deseo de su marido de “convertirse en mujer”; no le cabe en la cabeza que pueda tener otras características o propósitos, muy posiblemente porque su esposo no haya conseguido explicarle la situación en forma adecuada.
Si la pareja tiene hijos, ella será recalcitrante en sus objeciones. “Prohibido “vestirse” en casa. Prohibido esconder todas esas cosa en el closet... ni siquiera en el desván. Imagínate si alguno de los niños lo descubre. ¿Cómo explicarles que su padre es un... un...” (sus sollozos le impiden completar la frase). En tales condiciones, nuestro travesti se abstiene y se abstiene y se abstiene... hasta que llega al borde de la explosión. En ese punto hará lo que cientos, miles probablemente, de travestís han hecho, hacen y seguirán haciendo: buscará un lugar, lejos de casa, en donde pueda vestirse de mujer ocasionalmente y en donde pueda también guardar sus vestidos y “sus cosas”. Y cuando llegue a reunirse con otros travestis casados con Esposas de tipo “A”, “B” o “C”, con una sonrisa triste se lamentará: “¡Cuánto daría por que ella me entendiera!”.
Este es un caso en el que tenemos un matrimonio que consigue irla pasando, aparentemente bien establecido visto desde el exterior, pero que, sin duda, tiene un agujero por debajo de la línea de flotación. A esta clase de parejas yo le doy un 50% de probabilidades de conseguir permanecer unidos durante toda su vida de casados.
ESPOSA “E”:
Entremos de puntillas en el hogar de una Esposa tipo “E”. En este caso, el agujero debajo de la línea de flotación es ya toda una plancha faltante en el casco y todo el mundo está achicando el agua a cubetadas para mantener la nave a flote. Ella no busca el divorcio, pero no quiere tener nada que ver con esa “horrible costumbre” y, desde luego, no levantará un dedo para ayudarlo en nada que tenga relación con su travestismo. No pierde oportunidad para recriminarle acremente la condición de sus amigos travestis, aunque no los conozca. El simula olvidar algún ejemplar de TRANSVESTIA, con la esperanza de que ella, por mera curiosidad, lea algunas páginas; pero no sucede así: se niega a “contaminarse” con esa terrible perversión.
Cada vez que llegan a disgustarse, lo primero que le echará en cara será su travestismo; si llega a enfurecerse lo suficiente, aprovechará que él esté ausente en la oficina, para buscar en su armario y proceder sistemáticamente a destruir todo artículo femenino que él posea. Cualquier paquete que él traiga a casa despertará sus sospechas. Lo vigilará como un ave de presa cada vez que haga la maleta para salir en viaje de negocios para asegurarse de que no esconde nada femenino en su equipaje.
En honor a la verdad, ella preferiría verlo borracho que vestido de mujer. ¡Y eso es precisamente lo que con frecuencia sucede! El se siente tan frustrado que sustituye el vestidito por la botella. Lo trágico en esa clase de matrimonios es que la hostilidad que se da entre ambos con motivo del travestismo comienza a invadir otras áreas de la vida conyugal que nada tienen que ver con las tendencias del marido. El empieza a considerarla amargada e ingrata y suele pensar: “Después de todo, yo le doy todo lo que quiere, nunca le niego dinero... entonces, ¿por qué se niega a corresponder en esta simple cuestión?”. Ella, por su parte, se dice: “Lo hace sólo por molestarme. Sabe muy bien los sensible que soy con esas cosas e insiste sólo para torturarme. Es cruel e ingrato, porque, después de todo, yo soy una buena esposa, una buena ama de casa, preparo sus comidas, lo cuido cuando se enferma... no entiendo por qué no ha de ser un poco condescendiente en ésto, que es lo único que le pido... que deje de vestirse de mujer”.
La Esposa “E” siente que él la engañó, que le hizo trampas, sobre todo si ella descubre sus conductas transgenéricas después de haberse casado. No obstante, aunque lo haya
sabido antes de la boda, argüirá que ella nunca supuso que “eso” llegara a convertirse en una obsesión, que se imaginó que el matrimonio, por sí mismo, eliminaría “sus caprichos”.
En otros casos, los celos empeorarán el cuadro, en particular si su esposo resulta ser un travesti atractivo. Aunque ella no lo admita, si por un milagro condesciende a asistir a una fiesta de travestistas y su esposo resulta ser el centro de atención y no ella, ¡se volverá verde de envidia! Parece increíble, pero llega a suceder. La Esposa “E” da por sentado que lo que el travesti desea es cambiar de sexo y se muere de miedo ante la idea de que un buen día su esposo decida comprar un billete a Casablanca.
ESPOSA “F”:
Si las características de la Esposa tipo “E” se intensifican, tenemos el retrato de la Esposa “F”: un verdadero infierno para el travestista. Cuando ella lo descubre, literalmente se cuelga de las lámparas, lo cubre de injurias y abre las hostilidades de un auténtico juicio de la Inquisición contra el desdichado. No le importará decirle a sus hijos que su padre es un degenerado y difundirá la noticia entre su círculo de amistadas, condimentándola con toda clase de rituales perversos “a los cuales la obliga a presenciar”. Goza de las exclamaciones de asombro de sus amigas y se convierte oficialmente en la “víctima” de ese tal por cual, su marido. Si él sugiere el divorcio, lo amenaza con arrastrar su nombre por e l lodo en las cortes y no duda en hacerlo. He sabido de más de un caso en el que el travestí involucrado fue literalmente echado del pueblo debido a las revelaciones hechas por su esposa durante el juicio.
Nunca ni por ningún motivo intentará la esposa comprender el fenómeno del travestismo, ni siquiera informarse mínimamente al respecto. Para ella es sinónimo de homosexualidad y cerrará sus oídos por completo a cualquier intento pacificador por parte de algún amigo o incluso de un cura o un psiquiatra: para ella, “eso” es la cosa más horrible que pueda haber en el mundo... ¡punto final! Hace poco tuve conocimiento de un caso en el que la esposa simplemente tomó a los niños y abandonó a su marido, pues no estaba dispuesta a tolerar que sus “angelitos” permanecieran un minuto más bajo esa influencia nefasta. El desafortunado travesti estaba hecho un mar de lágrimas mientras me narraba la historia.
FIN DEL ANALISIS
Así, llegamos al término de este análisis, somero e incompleto, de las esposas de travestistas. Las del tipo “A”, “B” y “C” son difíciles de encontrar; sin embargo, es muy posible que su número sea mucho mayor de lo que suponemos porque, sin duda, hay miles de travestistas de los que nunca sabremos nada porque viven felices “vistiéndose” en casa en compañía de sus maravillosas mujeres tipo “A” o “B”. Es igualmente posible que nuestro optimismo al respecto sea desmedido y que, en realidad, la mayor parte de ellos se encuentren unidos a esposas incluidas dentro de las categorías “D”, “E” y ”F” y que por eso creamos necesario advertir a todos aquellos que planean contraer matrimonio: “¡No lo haga! Lo más probable es que se arrepienta”.
Abundan los casos de aceptación previa por parte de las amiguitas, (más tarde las novias), que se convierte en franco rechazo después de unos cuantos meses, o incluso después de años, de vida en común. Resulta sumamente decepcionante para una persona travestista comprobar que su maravillosa mujer tipo ”A” empieza a deslizarse cuesta abajo, a toda velocidad, a lo largo del alfabeto. Pese a todo, yo quisiera terminar con una nota de optimismo: estoy convencida que por medio de su auto-aceptación, el mayor conocimiento de sí mismos y la aplicación de sus talentos femeninos, buena parte de los travestistas conseguirán empujar a sus esposas cuesta arriba en dirección de las alturas de las Esposas “A” y “B”.
* Tal es el sistema de calificaciones en la mayor parte de las escuelas anglosajonas, en particular norteamericanas, siendo “A” la mejor calificación y “F” la mínima y reprobatoria (N. del Tr.)
** Tomado de “Espacio de Vane”, en http://yotvht.spaces.live.com/
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martes, 18 de marzo de 2008
El travestismo no tiene por qué ser un problema, !puede ser una oportunidad!
Por Raquel y Marcia Miller
Yo utilizo sistemas de computación como una herramienta para resolver problemas de negocios. Por muchos años yo tuve la oportunidad de trabajar para un hombre quien creía en darme un trabajo y apartarse para darme la oportunidad de hacer mi trabajo. Decía que debía dejarle saber si encontraba algún problema que no podía resolver, y que entonces él me ayudaría a buscar la solución. Era muy confortable saber que Francisco estaba ahí si necesitaba ayuda. Invariablemente algo inesperado ocurría y le avisaba a Francisco que tenía un problema, él me decía que no era un problema sino una oportunidad para mejorar. Yo creía tener un problema, algo no funcionaba como debía y no sabía como arreglarlo, esto era de acuerdo a mis reglas ¡un problema! ; creía que era solo un juego de problemas el llamar a los problemas oportunidades.
Él insistía en llamar a los problemas oportunidades de crear algo nuevo, algo mejor que antes. Conversábamos acerca de cómo mejorar las cosas y de alguna manera siempre arribaba a una conclusión que era mucho mejor que cualquiera que yo hubiese visualizado. Por muchos años yo atribuí estos resultados mejorados a su experiencia, habilidad e intuición. En lugar de acreditarse la solución, Francisco me preguntaba sobre que había aprendido en la experiencia. Eventualmente me di cuenta que era el proceso el que daba las mejores soluciones. Descubrí que considerar la situación como una oportunidad más que un problema generaba automáticamente una nueva perspectiva mental. Siguiendo su consejo, hoy veo las cosas en forma distinta y pienso diferente sobre ellas, con el tiempo internalicé la sabiduría de visualizar las oportunidades.
Esta historia se relaciona con el travestismo porque muchas parejas poseen profunda dudas y preguntas alrededor del tema y lo perciben como un serio problema a resolver o evitar. En su mayor parte, no perciben ninguna buena solución, solo ¡grandes problemas! Quiero retarlos a pensar en forma diferente, enfocando esta situación como una oportunidad para mejorar. La evidencia experimentada que les he descrito muestra una aproximación diferente que puede producir resultados significativamente mejores. Quizás vale la pena considerar aplicar esta visión a algo que aparenta ser un problema en sus vidas. Esta aproximación ofrece soluciones potenciales y la única inversión requerida es tomar unos minutos para aprender mas acerca de la idea. Ustedes tienen mucho que ganar y poco que perder; así que, demos un vistazo...
Tan pronto nace un niño, su acondicionamiento social empieza. Cuando nace una niña, un acondicionamiento similar le enseña un conjunto distinto de comportamientos. Él aprende deportes, como competir y ser autosuficiente. Ella aprende a cocinar, como cooperar y agradar a otros. A él le enseñan a ser fuerte ¡cuando te caigas no llores, los niños no lloran! Ella aprende a ser suave, ¡Cuando alguien se cae, consuélalo, ayúdalo y hazle sentir bien! Él es enseñado a reprimir sus emociones, los niños no deben mostrarle a nadie lo que sienten, ocultan sus verdaderos sentimientos. Las niñas deben ser emotivas porque es parte de su naturaleza. A él se le enseña lo que es el rol masculino, esa es la forma como los muchachos actúan; la única forma posible de actuar, para convertirse en hombres. De igual forma, a ella le enseñan lo que es el rol femenino. Es la forma como actúan las niñas, la única forma de actuación de las niñas y esa es la manera como aprenderán la posición correcta de las mujeres en el mundo.
La única cosa incorrecta con este proceso de acondicionamiento es que la mayoría de nosotros no encajamos bien en nuestros roles prescritos. Muchos de nosotros deseamos algo distinto pero la sociedad no ha tomado previsiones a nuestra vista personal. Si la diferencia entre nuestro deseo y la manera prevista por la sociedad es menor, la persona puede adaptarse razonablemente bien, pero si es mayor, la persona puede experimentar una desadaptación emocional severa.
Para el travestista, una desadaptación mayor es la condición normal. El típico travestista tiende a estar mas en contacto con sus sentimientos por lo cual la sociedad lo define como un llorón o nenita. Recuerden que los hombres no deben llorar o demostrar sus emociones. El travestista se siente más compasivo y gentil por lo cual lo definen como débil, se supone que los hombres son fuertes y rudos, no se supone que se preocupen por otros, solo deben obtener lo que desean. El travestista desea ser cooperador y competir menos, por lo cual la sociedad lo etiqueta como afeminado. Los hombres deben ser altamente competitivos. Como se cita incorrectamente a Vince Lombardi "Ganar no es lo más importante, es lo único que importa". Peor aun, el travestista es atraído por ropas y telas suaves, por lo cual lo etiquetan como homosexual. Un hombre verdadero sabe quien usa los pantalones y los usa bien. Si desea emplear un vestido, no puede ser realmente un hombre, debe ser gay. La mayoría de las veces la gente no es tan refinada en el empleo de los términos.
Llorón, debilucho, afeminado, homosexual. No toma mucho tiempo para que incluso los más cabeza dura de nosotros entendamos que lo que sentimos y lo que nos atrae es inaceptable. Sin embargo no podemos negar lo que sentimos. El conflicto resultante entre lo que sentimos y lo que espera la sociedad induce una tensión emocional extrema y considerable dolor. La pareja de un travestista rara vez se da cuenta de este tremendo dolor que está sufriendo su ser amado. Él esconde sus verdaderos sentimientos del resto el mundo que él está convencido nunca lo entenderá. Aquellos que lo aman no tienen idea de lo que está sucediendo, es una situación intolerable.
¿Se ha puesto usted alguna vez a considerar que hace que estos sentimientos y deseos sean tan malos? ¿Qué tiene de malo que un hombre exprese sus sentimientos? ¿O que sea compasivo y gentil? ¿O que actúe en forma considerada y cooperativa en lugar de andar constantemente cooperando con todo su entorno? ¿O que use ropas suaves como reflejo de cómo se ve a sí mismo? Todo lo que estamos haciendo es reflejar algunos de los comportamientos que esperamos de nuestras esposas o amantes. Si es tan malo en los hombres, ¿qué lo convierte en bueno y deseable en las mujeres?, Si es bueno en las mujeres ¿por qué no lo es en los hombres? La reflexión sobre estas preguntas puede producir interesantes puntos de vista.
La verdad es que no existe nada intrínsecamente errado en esto, incluyendo el uso de vestidos. La sociedad lo ha hecho malo a través de reglas arbitrarias. Es la rígida aplicación de estas reglas arbitrarias la que actualmente causa la mayoría de los problemas emocionales que sufren los travestista. Una vez que nos liberemos de estos prejuicios, los problemas inducidos por la incomprensión social empezarán a desaparecer.
La verdad es que un hombre puede mostrar sus sentimientos. Los hombres poseen sentimientos que han sido sistemáticamente suprimidos porque eso ha sido enseñado de esa forma como muestra de hombría. Pero el acto de suprimir sus emociones los convierte en duros y fríos en el exterior y vacíos por dentro. Esta acción es dañina para su desarrollo sano, se puede ser compasivo y gentil a la vez que se es fuerte. Recuerdo un personaje bíblico que era increíblemente suave en su trato con los demás y nunca nadie lo acusó de ser débil. Un hombre puede tomar lo mejor del mundo llamado femenino e incluir esto en su vida a la vez que permanece siendo un hombre. Puede mostrar sus sentimientos, ser compasivo y gentil sin ser débil, lo puede tener todo al igual que su pareja y los dos lo pueden disfrutar juntos.
En lugar de verlo como un problema, el travestismo puede verse como una oportunidad de permitirle a los hombres que expresen sus yo verdaderos siendo más suaves, gentiles y compasivos. A medida que aprendemos a expresar nuestras necesidades y sentimientos, somos capaces de entender mejor a nuestras esposas y amantes en mejor forma. El proceso, a pesar de ser difícil, puede crear una relación superior que beneficie grandemente a ambos compañeros. Para que produzca resultados positivos, el proceso también requiere la acción conjunta de ambos socios, ninguno puede hacerlo por sí solo.
Mi esposa Marcia y yo estamos trabajando juntos para tenerlo todo y ambos tenemos grandes trabajos. Ella tuvo que entender que el travestismo es parte integral de mi personalidad y requiere expresión. También debió entender que no hay nada intrínsecamente errado con estas tendencias a pesar que no son generalmente aceptadas por la sociedad. Si hubiera luchado contra mi tendencia y hubiera causado que se reprimiera, nuestra relación hubiera terminado en fracaso. Yo no puedo poner de lado mi travestismo, pues ello me hubiera significado dejar de lado la persona de la cual ella se enamoró, y a ella le gustó el paquete completo. La aceptación de la existencia continua del travestismo es esencial para la resolución completa de la relación. No hay otra opción aparte que no sea la auto represión la cual lleva irreparablemente a la infelicidad.
Yo tuve que aceptarme a mí mismo como soy y no como quería la sociedad que yo fuera. Intenté negarlo, ocultarlo y controlarlo por 50 años y fracasé totalmente. Necesitaba ayuda de alguien quien entendiese el fenómeno mejor que yo; recibí los consejos que necesitaba de una extensiva correspondencia con otros travestistas. Otra gente que había recibido consejos expertos de terapeutas. Es un proceso complejo y difícil pero igualmente esencial para una solución exitosa.
La revelación de mi travestismo, le causó gran ansiedad a Marcia. Fue un enorme cambio con consecuencias inciertas. Habiendo experimentado gran trauma personal no me daba el derecho de empezar a dictar como manejar el tema, pero descubrí que haciendo ciertos compromisos básicos, fui capaz de descargar mucha de la tensión que experimentaba Marcia mientras que era capaz de avanzar en la resolución del problema por mi mismo.
Me comprometí a ser su marido, no su amiga. Ella estuvo dispuesta a experimentar con el travestismo pero ya tenía suficientes amigas y un solo marido. Ella no estaba dispuesta a cambiar a su esposo por una amiga. Hacemos muchas cosas juntos cuando estoy vestido como Raquel, pero en el gran esquema de las cosas, Ricardo permanece siendo su esposo, sin importar como esté vestido.
Me comprometí a no poner en peligro nuestro estilo actual de vida a objeto de satisfacer mis deseos, de manera que conversamos y acordamos un esquema de tiempo y aproximación antes de tomar ningún paso asociado con mi necesidad. Hemos pasado años construyendo trabajos, relaciones, amistades y un estilo de vida por lo cual sería una tontería de mi parte poner todo eso en peligro para satisfacer una fantasía. Seguimos los mejores consejos que había recibido de mis corresponsales, tomar muchos pequeños pasos reversibles. A veces parece que nos movemos muy lentamente, pero cuando vemos hacia atrás nos damos cuenta de cuan lejos hemos llegado.
Me comprometí a balancear mis deseos y necesidades con los de Marcia. Balance es la más poderosa palabra que se debe tener en cuenta en todo momento. No existe un mapa que nos indique el camino adecuado, cada opción necesita ser hecha en el contexto de su relación actual y bajo las condiciones actuales. Requiere la discusión abierta para arribar a la mejor solución para ambas partes. Esto solo puede ocurrir si cada miembro de la pareja está en la disposición de balancear sus necesidades y deseos con los de su pareja. Si el hombre rechaza hacer algunos compromisos para balancear las necesidades de su esposa, a ella solo le quedará preguntarse acerca de su interés en la relación. Si el travestista está logrando sus deseos a expensas de su pareja, el proceso fracasará.
Cada pareja involucrada en el tema del travestismo, está embarcada en una jornada infinita y de gran reto. A través de su membresía en S.P.I.C.E. ustedes han demostrado el interés en solucionar el problema. Este deseo es el requerimiento básico para alcanzar el éxito. Otros ingredientes claves para alcanzar una relación mutua amorosa y comprometida. Ambos miembros deben desear que la relación funcione, el proceso requiere muchas decisiones difíciles que requieren consideraciones sobre la felicidad de la otra persona. Si el compromiso mutuo falta, es poco probable que se tomen las decisiones adecuadas. Cada miembro de la pareja defenderá sus intereses y el proceso se descompondrá en una serie de relaciones competitivas similares a las negociaciones entre una empresa y sus trabajadores. Esto no construirá la deseada relación íntima. Si ambos aplican la Regla de Oro a cada paso y consideran como les gustaría ser tratados si estuvieran en el otro lado de la mesa de negociaciones, la probabilidad de una solución positiva se incrementa.
Quizás la más difícil parte del proceso es la necesidad de comunicarse continuamente, comunicarse y comunicarse... Hay muchos tópicos que requieren un diálogo extenso porque están en oposición con mucho de lo que hemos aprendido en nuestras vidas. Desaprender viejos patrones y remplazarlos con nuevos paradigmas no es posible con una aproximación simple. Requiere mucha conversación y aun más escuchar para resolver los problemas. Marcia y yo tuvimos la ventaja de haber empezado como buenos amigos quienes hablaban mucho sobre diversos temas, el hábito lo hizo más fácil pero no sencillo. Requiere tiempo y trabajo pero los resultados son magníficos.
Marcia y yo no hemos hecho nada que ustedes no puedan hacer, toda pareja lo puede lograr. Si buscan una relación plena para usted y su pareja, si buscan la felicidad juntos, entonces no tiene un problema sino una increíble oportunidad de construir una relación íntima que la mayoría de la gente solo puede soñar. La oportunidad de crear esta relación está en sus manos. ¡Aprovechen el día, aprovechen la oportunidad!
* Tomado del "Espacio de Vane", en http://yotvht.spaces.live.com/
Opiniones de la esposa de un travesti
La Historia de Shannon
Tomado de la edición de Junio del 95 de "The Sooner Belle" Official newsletter of COTA.
Traducido por Milena Pérez
Todas las parejas de hombres travestis tienen su propia historia acerca del descubrimiento del "otro lado" de su compañero y de como han debido convivir con él. Muchas mujeres han debido experimentar agobiantes sentimientos de lo inadecuada que resulta esta situación. Muchas otras han tenido que aprender a rechazar aquellas filosofías y principios básicos con que fueron educadas. Muchas otras estan temerosas por dar siquiera un paso transgrediendo aquellos preceptos y paradigmas adquiridos desde siempre.
Creo que en mi caso todo esto resultó sencillo para mí.
De acuerdo con el lenguaje de los estereotipos y la apariencia, mi esposo Ed es un individuo muy masculino. Sus hombros son bastante anchos, su pecho luce algo musculoso y tiene una barba poblada además de suficiente vello en casi todas las partes de su cuerpo. Es veterano de la guerra y trabajó como bombero durante varios años. Es bastante fuerte y asertivo y conduce su auto como un loco. Pero también tiene un buen sentido del humor, sabe escucharme atentamente e interesarse genuinamente en mis dificultades y cuando mira a una mujer, se fija primero en sus ojos y no en sus senos o en su trasero. Tiene afinidad por algunas manifestaciones artísticas como la música, la pintura y el teatro. Tiene una mente abierta y es compasivo y generoso y prefiere sostener una conversación sobre mis asuntos cotidianos que ver un partido de fútbol. De tal forma que cuando lo conocí, supe de inmediato que no estaba ante un hombre típico.
Aquellos indicios de cuan atípico se mostraba, llamaron siempre mi atención. Sus uñas largas eran la más obvia evidencia de que algo en él era definitivamente diferente. Pocos días después de conocernos, las pintó de rojo brillante, como parte de su disfraz de diva de los años 60 en una fiesta de Halloween. Alí estaba este hombre musculoso, con una voz casi chillona, sosteniendo elegantemente un cigarrillo entre los dedos de su mano, delicadamente inclinada hacia arriba.
Sabía que esto molestaría profundamente a cualquier mujer, pero yo estaba definitivamente, oh, como debería decirlo, no tan incómoda. Su forma de caminar, llamó mi atención fácilmente. Se movía con gracia y confianza, tal como muchas mujeres deberían hacerlo. Cuando estaba realmente cómodo, subía su brazo y doblaba grácilmente su muñeca. De inmediato supe que todo esto lo hacía un hombre realmente diferente. En su baño, conservaba varios lápices de brillo labial. Asumí que los usaba. Sólo tuve una corazonada.
Siempre me han interesado la psicología y la sociología. He leído desde estudios Victorianos hasta estudios modernos, encontrando tópicos de travestismo aquí y allá. Pero estaba empezando a pensar: Necesito más información de todo esto.
Un día, durante una conversación casual sobre una historia de su pasado reciente, desprevenidamente mencionó que "estaba en tacones esa vez." Aha ! Recurrí a los libros de Jean Barnes. Ellos tenían algunos libros sobre travestismo, y también al de Virginia Prince "Entendiendo el travestismo". Sin importar lo que la gente pueda pensar de este libro ahora, esta fue la única fuente de información positiva que tuve durante ese tiempo. Lo leí de principio a fin en una sola tarde (Si, Mamá, estoy estudiando para ese examen de botánica médica...).
Esto sucedía poco antes de que él aceptara vestirse completamente para mí. Al principio sólo ví algo de lápiz labial, unos zarcillos y tal vez un vestido de satín. Muchos psicólogos podrían considerarme como una alcahueta, pues fui yo quien le animó a esto. Elizabeth era divertida, pero más importante, Ed se sentía cómodo y desinhibido. Por qué debía yo molestarme con un acto que producía un sentimiento de libertad al hombre que amaba?
Empezamos a comprar algunas cosas para Elizabeth. Ninguno de nosotros mantenía prejuicios y sólo teníamos problemas en las tiendas. Ellos definitivamente no podían dejar la norma de hombres con ropa de hombres, en la sección de hombres y mujeres con ropa de mujeres en la sección de mujeres, Sin mezclarse entre unos y otros.
Ahora, cada vez que me detengo a buscar alguna ropa, miro mis tallas y miro también las de Elizabeth. Si busco por catálogo, tengo dos chicas en mi mente. Esta navidad, además de los regalos para Ed, compré también una falda plateada para Liz. Me gusta que su travestismo sea sólo otra de las cosas que compartimos (especialmente cuando considero su cajita de joyas).
Hace poco acepté acompañar a Liz a uno de los grupos de apoyo a travestis de Manchester. Sentí como si me dieran una palmada al ver tantos hombres navegando en sus tobillos, ajustando sus brassieres y tratando de evitar frotar sus ojos recién maquillados. Ellos tienen idea de cuanto trabajo se requiere para seguir las reglas de la femineidad y pueden comprenderse mejor con las mujeres. Siento una especie de camaradería con hombres travestis, que no podría sentir con hombres que no lo son.
Mientras pienso en las exigencias que sobre su apariencia se hacen permanentemente a las mujeres, me doy cuenta que cuando se trata de ropa, nostras tenemos muchas más opciones. Si quiero vestirme con pantalones, nadie va a llamarme mari-macho. Incluso, si quiero usar una corbata, habrá quienes crean que es bonita. Sin embargo, si fuera Ed quien quiere vestir una confortable falda de dením en el supermercado, la gente se reiría y/o estaría horrorizada. El podría ser expulsado de la tienda, no sólo por que está escandalizando a todos, sino también por que estaría violando las restricciones de nuestra sociedad en cuanto al vestido. Suena muy tonto, desde mi punto de vista.
Creo que esta es la principal razón por la que no he encontrado dificultades para aceptarlo: Me parece tonto no hacerlo. A través de la historia, los hombres han vestido collares, tacones, pelucas o maquillaje, en una u otra circunstancia. Sin embargo esto no hace al travestismo aceptable en nuestros días. Eso es todo.
Me he dado cuenta que las prótesis para simular los senos, el maquillaje, la peluca, los tacones, etc. constituyen una transformación superficial del género, mas que un simple contacto con las ropas femeninas. Pero esto parece ser una minucia también. Me siento frustrada con la cuadriculada cajita del género en la que según la insistencia de nuestra sociedad, yo habito. Muchos hombres también se sienten de esta forma, y algunos de ellos reaccionan cruzando estas fronteras. Yo nunca podré entender completamente las razones por las que Ed necesita cruzarlas, y tal vez el tampoco lo haga completamente, pero entiendo la necesidad de escapar de esa caja y todos sus absurdos estándares. Me he transvestido de cuando en cuando. Sin embargo no creo que esto contribuya a aumentar mi entendimiento, pues esto no me hace sentir ninguna diferencia.
Basada en las historias de algunas mujeres, tengo las razones perfectas para sentirme amenazada por el travestismo de Ed. De niña fui casi como un chico y no soy la más femenina de los adultos (excepto cuando verdaderamente me esfuerzo). Positivamente desprecio el maquillaje, me incomoda tocar algo remotamente parecido a un brassiere y me siento feliz de poder salir sin usar uno. Llevo mi billetera de tres cuerpos en el bolsillo y si usted llamara a mi estuche de libros, un bolso, le mataría con la mirada. Fácilmente puedo asumir que no soy "suficientemente mujer " para él y que el quisiera que yo vistiera y actuara como lo hace Elizabeth. Pero eso es un poco tonto y egoísta, principalmente por que Liz ha estado a su lado más tiempo que yo.
Tengo que admitir que una de las razones que me ayudan a convivir con el travestismo de Ed es probablemente que no veo a Elizabeth tan frecuentemente. Cuando regreso a casa, primero veo a Ed. Algunas veces hecho de menos a Liz, pero esto es mejor que extrañar a Ed la mitad del tiempo. Algo que hace todo esto más difícil es que debido a las actitudes de la población en general, debemos mantener todo esto en secreto. A la mayoría no le importa aprender nada acerca del travestismo, ellos simplemente ofrecen una condena inmediata. El arraigado sexismo en el que se basa esta represión debería poner furiosa a cualquier mujer.
Si, Yo se que hay otras razones por las cuales la sociedad desaprueba el travestismo, pero esta me parece la principal. "Oh Dios, el está tratando de actuar como una mujer ! ... Que molesto, ... Que HUMILLANTE. Por qué alguien querría imitar tan patéticamente a otra criatura? " Grrrr...
Una ventaja de ser la esposa de un travesti es que él no dirigirá esta clase de basura contra Usted. El no considera que asumir el rol femenino sea algo exigente, el no la considera a Usted inferior por ser una mujer. El es generalmente más sensible, y nunca le dirá: "Querida, vístete, maquíllate y ponte aquellos tacones de cinco pulgadas, vamos a salir en veinte minutos."
El travestismo de Ed no es una carga con la que tengo que vivir. Por el contrario, adiciona a nuestra relación facetas positivas. El es la persona mejor ajustada que he conocido, probablemente por que las partes masculina y femenina de él no están en conflicto. Por que el puede estar en contacto con su parte suave y delicada y puede expresarla tanto cuando usa un vestidito de seda o sus pantalones camuflados. Yo lo amo y por eso hago todo esto posible para él y para mí.
* Tomado del "Espacio de Vane", en http://yotvht.spaces.live.com/
Matrimonio y travestismo: como puede funcionar
Por Raquel y Marcia Miller
Desde nuestro primer encuentro, Marcia y yo compartimos nuestros pensamientos y sentimientos, fue una gran preparación. A pesar que trabajábamos en la misma compañía, no nos conocíamos; viajábamos en el mismo tren pero esperábamos en distintos sitios del andén. Una noche que estaba conversando de negocios con un colega, continuamos la conversación en el tren, él normalmente viajaba con Marcia y nos presentó; yo la saludé y continué conversando con mi compañero. Cuando él se bajó, la señorita "buena educación" me indicó que hablase con ella, ¡nos conectamos en forma inmediata!
La siguiente noche, sin una excusa, continué conversando con Marcia. Estos encuentros "inocentes" continuaron por meses hasta aquel día "fatídico" en el cual la invité a cenar. Entonces yo ya estaba totalmente golpeado y le presenté poemas, notas y regalos hasta que ella me dejó atraparla.
Siguió el matrimonio y la felicidad llenó mi vida. Ella era tan maravillosa que yo estaba convencido que el demonio de mi transvestismo había sido vencido. Me encontré sorprendido cuando, en lugar de disminuir, la necesidad permaneció fuerte. La amaba tanto y nuestra relación era tan fuerte que una noche balbuceando le dije de mis sentimientos al respecto. Ella luchó contra la idea pero estuvo de acuerdo en dejarme experimentar con transvestismo. Después de varios eventos en casa, nos fuimos un fin de semana, ella me ayudó con el maquillaje y yo llevaba un bello conjunto, cuando salimos a pasear por calles oscuras; unos adolescentes me descubrieron y se rieron a carcajada. Fui incapaz de asimilar el ridículo y le dije a Marcia que nunca más lo haría. Pero, la urgente necesidad retornó.
Tenía todo: maravillosa esposa, gran familia, buen trabajo, encantadora casa, todo excepto paz interior. En desesperación absoluta decidí entender mi transvestismo y empecé la angustiosa jornada que me llevó a la autocomprensión y finalmente a la autoaceptación.
Mis temores vinieron de no conocerme. Tenía preguntas mayores sobre el sexo. ¿Era gay, transexual o bisexual? No entendí mis emociones o sentimientos tampoco. ¿Quién era la persona escondida detrás de la fachada que había construido a lo largo de los años?
Afortunadamente encontré recursos que me ayudaron: Tapestry, los libros de Virginia Wolf y corresponsales transvestistas. Me ayudaron a ver dentro de mi cabeza y corazón y descubrirme, libre de prejuicios y estereotipos. Descubrí que no había nada malo en mi. La sociedad me había hecho sentir mal diciéndome que había algo malo en mí, pero estaban equivocados. Una vez me liberé de estos prejuicios, encontré una persona que me gustó... Yo.
No tenía que ocultar mis sentimientos, podía ser compasivo y gentil, a la vez permaneciendo fuerte. Podía tomar lo mejor de lo que el mundo llama femenino e incluirlo en mi vida permaneciendo a la vez como hombre. Podía tenerlo todo lo que deseaba ahora. Se lo dije finalmente a Marcia, fue un gran descanso, a medida que hablamos ella me pidió que registrase lo que había conseguido. Esas ideas parecieron poder asistir a otros a conseguir lo mismo que yo busqué, por lo que ella me incitó a escribir The Bliss of Becoming One
Aprendimos la verdad sobre los mayores temas. Que la tendencia de un hombre al transvestismo es parte integral de su ser, personalidad y necesidad de expresión. No existe nada intrínsecamente malo con estas tendencias, a pesar que la sociedad generalmente no las acepta. Quizás lo más importante, que el debe aprender a entender y aceptarse a sí mismo como es. La revelación del transvestismo genera gran ansiedad en la esposa, es un inmenso cambio con consecuencias inciertas; sin embargo, haciendo ciertos compromisos básicos, el marido puede reducir considerablemente la tensión. Los compromisos importantes incluyen:
· Permanecer siendo su marido, no su amiga.
· No poner en peligro nuestro estilo de vida a fin de darse placer con sus deseos en este tema sexual.
· Discutir y acordar en el tiempo y camino antes de tomar cualquier decisión relacionada con el tema sexual.
· Balancear mis necesidades y deseos con los de ella.
Es una jornada difícil, sin fin. Es sabio tomar pasos pequeños, retornables. Sobre todo hay que comunicarse, comunicarse y comunicarse...
* Tomado del "Espacio de Vane" en http://yotvht.spaces.live.com/
lunes, 17 de marzo de 2008
Carta de un travesti a su esposa
Mi adorada:
Al momento de escribir esta carta, me encuentro a miles de millas de distancia de ti y mucho me duele esta separación. Tengo presente, y esto me hace quererte más aún, el saber que tu te encuentras atrapada en un laberinto de confusión mental, aunque a mí no me manifiestes más que tranquilidad y bienestar cuando estoy contigo.
Quisiera aprovechar estas horas de calma para esbozar para ti ciertas informaciones acerca de mis fuertes impulsos transgenéricos, de los que tu estás enterada. Confío en que puedan aliviar parte de tu confusión y ansiedad. Aprecio tus esfuerzos por informarte mejor acerca de la naturaleza de mi aberración * (a falta de una palabra más adecuada) leyendo cuanto texto especializado puedes conseguir. Permíteme asegurarte, adorada mía, que yo ya he pasado por todo eso, igual que cualquier otro travesti que haya conocido, con mucho mayor avidez y con mayor profundidad de asimilación de la que creo puedas llegar a tener tu con respecto a esta cuestión, simplemente por el hecho de que tu no eres uno de nosotros. Déjame que intente, en mi calidad de persona involucrada, tratar de allanar el camino de tu búsqueda por medio de estas breves, escuetas explicaciones.
Nadie, hasta ahora, ha conseguido explicar satisfactoriamente las causas de esta conducta; así, a falta de una mejor, te expongo la mía: En primer lugar, a estas alturas tu ya sabes que el travestismo constituye un fin en sí mismo y que nada tiene que ver con lo que tu conoces como homosexualidad. Una década de dedicadas relaciones conyugales, de múltiple paternidad, de integridad, de amor por tí, estoy seguro de que son pruebas suficientes para tí y que tu lo entiendes mejor que nadie. Confío plenamente en tu inteligencia. Abre tu corazón y pregúntate si el hombre que es el padre de nuestros hijos, tu esposo y tu amante debe o puede ser marcado con tan cruel calificativo.
Esta ausencia de vinculación con conductas invertidas, ya sea declaradas o latentes, ha sido expuesta por opiniones tan autorizadas como son todos los investigadores clásicos como Freud, Krafft-Ebbing, Jung, etc. y puedes comprobarlo por tu propio conocimiento de mí. Estos estudiosos también han demostrado a su satisfacción que la represión o rechazo de este impulso sólo redunda en otros tipos de personalidad de naturaleza indeseable debido precisamente a haber coartado la necesidad de su expresión. También han comprobado que esta condición no responde a ningún método o tratamiento, ni físico ni psicológico; todos los intentos realizados en ese sentido sólo han contribuido a hacer más ingente la necesidad. Tu misma has sido testigo, en estos diez años, de los resultados de mis esfuerzos por abandonar mis inclinaciones, cuya inhibición me causó úlceras, hipertensión, etc., consecuencias que, con seguridad, deben haberte impresionado al grado de moverte a estimular y ayudarme a manifestar mi travestismo.
Estoy seguro de que te diste cuenta, en base a tus observaciones personales, que el método más eficaz para lograr la tranquilidad es el permitir su expresión. Y tienes razón. A partir del momento en que me diste tu aprobación y tu maravillosa asistencia, mi amor por tí y mi disfrute en nuestro matrimonio se incrementaron de una manera indescriptible. Mi vida actual está libre de falsedades y aprehensiones y he dejado atrás las profundas angustias que son el resultado de tan aguda frustración. Nosotros los travestis sabemos que la mayor parte la gente, por desconocimiento, considera que las conductas transgenéricas son una confesión explícita de homosexualidad activa o latente, o, cuando menos, una declaración de mariconería o de virilidad dudosa. Conociéndome como me conoces, querida mía, sabes que no es así. Los atributos masculinos personales que desde un principio te atrajeron a mí, tu bien lo sabes, constituyen una parte integral de mi personalidad, de la misma manera que mi travestismo. Eso ha sido desde siempre un constituyente de mí y, como tal, fue un factor definitivo que contribuyó a hacer de mí la clase de hombre que te atrajo lo suficiente como para casarte conmigo.
Para aquellos de nosotros así privilegiados (o afligidos), esta compulsión puede llegar ocasionalmente a tan incontrolable intensidad que entonces sentimos que estaríamos dispuestos a abandonar cualquier otro propósito y cualquier otra ventaja, con tal de gozar de la oportunidad de satisfacer nuestro deseo devorador. Afortunadamente, sin embargo, somos personas racionales y estamos conscientes, por supuesto, de que no es posible vivir absteniéndonos de expresar nuestras tendencias; pero, para todos y cada uno de nosotros, una existencia así restringida, no es vivir. Somos capaces de reprimir nuestros deseos si suponemos que su expresión puede causar infelicidad a nuestros seres queridos o hacerlos perder el respeto que nos tienen.
Por desgracia, vivir así nos significa una agonía constante. No hay término más apropiado que “agonía” para significar nuestro estado de ánimo. El anhelo, la ansiedad, el deseo de vivir la profunda y serena tranquilidad de un interludio de expresión travestista provoca tan intensa perturbación mental cuando nos esforzamos por negar la urgencia de nuestro impulso, que nuestra vida se convierte un una mentira complicada y amarga que va creciendo cada vez más en complejidad y confusión.
Comprendo que, debido a tu educación conservadora, hayas tenido muy poca información acerca del travestismo y que esa tan escasa información en realidad sea la opuesta a la verdad. Comprendo asimismo que tu puedas hasta cierto punto considerar una invasión de la privacía personal o una forma de divulgación de cuestiones íntimas el hecho de que tu me ayudes a transformarme en una mujer atractiva. Tal vez llegues a sentir una especie de resentimiento porque no dejas de tener consciencia de que, detrás de esos vestidos y cosméticos, sigue habiendo un varón; y no un varón cualquiera, sino aquel que tu has desposado y que no deberías ni intentar siquiera descubrir el íntimo secreto de si lo sigues atrayendo todavía y si sigues provocando su interés. ¿Por qué — te preguntas— este hombre, que es tan masculino, cuya masculinidad es lo que más me atrae de él, pretende interesarse en los detalles personales de mi arreglo y de mi guardarropa, y aprender todos los artificios, todos los trucos cosméticos de una mujer?
Voy a intentar, querida, decirte por qué y también tratar de responder a otras de tus preguntas. Mi intento bien puede llegar a ser una empresa descomunal, pero confío en que me conoces lo suficiente como para poder seguir el hilo de mi exposición aunque, de cualquier manera, intentaré exponerte mis puntos de vista en un lenguaje sencillo y comprensible, así como recurrir a las frases con las que tu ahora estás familiarizada.
Como tu bien sabes, cuando me permito dar rienda suelta a mis breves períodos de fantasía, tanto tu como nuestros amigos travestistas me tratan con el nombre de “Theresa”. Esto parece afectarte de alguna incierta manera que no consigo determinar y tu no puedes tampoco explicármela. Este detalle de trato te resultará perfectamente natural si tan sólo lo consideras de la siguiente manera: Nosotros únicamente simulamos convertirnos en chicas y nunca dejamos de estar conscientes de que, en realidad, somos varones; por lo tanto, no temas que lleguemos a estar inconformes con nuestra masculinidad ni que pretendamos transformarnos definitivamente en mujeres. Cuando nos acicalamos con prendas femeninas y logramos una apariencia tan aproximada como nos es posible con una muchacha de verdad, lo cierto es que simulamos ser una chica durante el breve tiempo de nuestra indulgencia, pero eso no es más que una simulación y nunca, definitivamente, la realidad. De ninguna forma tratamos de probar que padecemos de “personalidad múltiple” ni nada por el estilo. Usamos un pseudónimo femenino únicamente para describir nuestra URGENCIA travestista que motiva nuestras deliciosas (para nosotros) personificaciones; así como también para describir la imagen que intentamos conseguir.
El nombre femenino sólo describe esa parte de nosotros que se involucra en nuestras tendencias transgenéricas. En cualquier otra circunstancia ajena al ámbito travestista, seguramente nos molestará que alguien ajeno nos llame por ese pseudónimo y reaccionaremos en protesta. Después de todo, tu lo sabes tan bien como nosotros, no es aceptable ni adecuado, según las normas de nuestro sistema social actual, que un varón disfrute usando vestidos bonitos, cosméticos ni que se comporte con delicadeza y amabilidad extremas; no obstante, en honor a la verdad, ¿puedes imaginarte que una persona arreglada con los más bellos ornamentos femeninos, embellecida con todos los recursos del maquillaje y de la joyería, perfectamente peinada y ataviada, pueda ser tratado como “Chuck” o “Jake”, , “Flaco” o “Zurdo”? ¿No te parecería ridículo? ¿No crees que la forma habitual es más apropiada?
Nos has oído hablar a veces en términos, por ejemplo, de que “Theresa” estuvo “encerrada en el clóset” hasta que, por fin, “ella” consiguió “salir” al ganar ciertas “libertades”. Esto también parece perturbarte al grado de convencerte de que somos auténticos squizofrénicos o hasta locos de atar porque esa forma de hablar parece contradecir nuestras aseveraciones de no padecer de “múltiple personalidad”. Permíteme que te lo explique. Lo que realmente queremos decir con eso es que nos hemos visto obligados a ocultar nuestras TENDENCIAS durante años hasta que, por fin, logramos ser, en alguna medida, comprendidos y nuestros seres más queridos (tu, en mi caso) nos autorizan a ponerlas en práctica. Esta apertura nos permite aliviar en algún grado nuestra angustia, gracias a la indulgencia de nuestras esposas, pues podemos entonces liberar nuestros deseos más secretos y gozar de una determinada libertad al no tener que ocultarlos ni reprimirlos.
Puesto que tu eres una mujer de cálidos y comprensivos sentimientos, con un gran sentido común, confío sinceramente en que, a partir de ahora, estarás perfectamente tranquila con respecto a las razones por las cuales a veces soy llamado “Theresa”. Salvo en los escasos y breves períodos en que practico mis tendencias, yo sigo siendo tu Gene, como es natural y masculino. Aunque parezca extraño, pero aún cuando simulo ser “Theresa”, sigo siendo Gene. Este fenómeno te lo explicaré más adelante porque no quisiera complicar demasiado mi exposición.
Tal vez tu sientes, como les sucede a algunas mujeres, que el impulso transgenérico de tu marido — esa necesidad poderosa, auténtica e imperativa de personificar y experimentar la feminidad— deriva de alguna forma de una posible o potencial falta de femineidad de tu parte o bien de que, por alguna deficiencia de tu propio ser, carezcas del suficiente atractivo personal. Mi muy querida bienamada, tal no es absolutamente de ninguna manera el caso, como lo comprenderás en un momento. Para comenzar y con la intención de esclarecerte la cuestión, permíteme decirte que mi travestismo ha estado en mí por tanto tiempo como mi memoria alcanza y que el único efecto que tu has tenido en él es el que intento describir enseguida.
Es una verdadera hazaña de increíble complejidad, dolor y amargura para un hombre travestista el verse forzado a vivir año tras año en la íntima compañía, impuesta por el matrimonio, de una mujer tan hermosa como tu eres, ocultando hasta la más mínima expresión de su amargura y de su frustración. El estar el tiempo todo consciente de por las muestras y accesorios de su feminidad legalmente justificada y, al mismo tiempo atraído por ellas, constituye la forma más pura, la más dolorosa forma de tortura que jamás se haya inventado. Poder constatar la fragilidad y delicadeza con que ella se rodea imbuida de la naturalidad consecuente a saberse merecedora de tales atributos; ser testigo constante de sus ademanes refinados, de sus actitudes sofisticados y reconocer su confianza en sí misma y la serenidad de su conducta y porte en que se reflejan su encanto y su belleza; ansiar compartir esa pequeñas preocupaciones que le son prohibidas y en las que ella parece complacerse y disfrutar un placer intenso y sensual...es entonces, amada mía, cuando la desesperación y una cruel envidia se apoderan del alma de ese pobre hombre, lo mismo que de su ángel amado, hacia el cual se siente tan intensamente atraído precisamente por su perfecto dominio de las artes femeninas, y todo esto se convierte para él en el símbolo ostensible y humillante de su amarga frustración.
Su último recurso es racionalizar esta compleja situación con toda claridad para guardarse para sí toda su envidia, amargura y frustración, así como sus celos. ¿Cuántos hombres son capaces de semejante sacrificio? En síntesis, si tu no fueras una mujer de tan exquisita femineidad, de tan evidente belleza, encanto y gracia; si tu encantadora personalidad femenina no estuviese enriquecida por las cálidas cualidades de la cordialidad, la comprensión, el amor y la dicha o si no te comportases con el orgullo y la seguridad que tu tienes en tu propia condición femenina, entonces y sólo entonces, quizás podrías reprocharte de carecer de algún aspecto de la femineidad, la madurez o el atractivo de la mujer. Sin embargo, si tal fuese el caso, para empezar, nunca te hubiera pedido que te casaras conmigo ya que, para mí, no representarías la perfección.
Por lo tanto, querida mía, ten la seguridad absoluta de que no hay mujer en el mundo que pueda motivar en mí el grado de respeto, admiración, amor y devoción que tu motivas en mí y, por la misma razón, ninguna otra mujer podría tampoco provocarme tan intensa envidia por su feminidad perfecta precisamente porque, para mí, tu representas el ideal de perfección en ese sentido.
Es inevitable para nosotros, travestis, torturarnos siempre a nosotros mismos por haber cortejado o desposado a la más deliciosa muestra de cualidades femeninas perfectas que hayamos podido encontrar, como es mi caso también con respecto a tu encantadora persona, porque a quien adoramos es a quien intentamos emular. Y entonces, bienamada, cuando, después de haber encontrado a esa joya, como a mí me aconteció, descubrimos en ella la mente y el alma de una mujer amante, comprensiva y solidaria, su compañía nos abre las puertas del paraíso. Lo contrario constituye el infierno en esta tierra.
Como es natural, en virtud de la perfección de la imagen que intentamos imitar por medio de nuestras personificaciones, los travestis también somos fanáticos de la perfección. No les envidiamos sus atributos físicos, ni sus glándulas o sus efectos; lo que pretendemos imitar son sus consecuencias en cuanto tienen un valor cosmético. Les envidiamos solamente su apariencia y sus características más típicas relacionadas con la capacidad de transformación estética, así como la habilidad para proyectar una imagen lo más alejada posible de lo que realmente somos. Intentamos asimismo compartir con ustedes ese relajamiento consecuente por breves lapsos de tiempo que nos permita un descanso de nuestro universo masculino gracias al ejercicio temporal de la dulzura, la suavidad, la delicadeza y el refinamiento cuya manifestación nos está vedada por nuestra condición masculina.
Como es lógico, cuando emprendemos nuestras breves incursiones al mundo de fantasía femenino, somos mucho más exigentes en cuanto a la perfección que la mayor parte de las chicas auténticas, puesto que ellas ya nacieron con todos los atributos que nosotros pretendemos imitar. Cada uno de los modelos congénitamente femeninos cuenta ya con las virtudes de gracia, de configuración delicada, de formas y características refinadas y todas las características cimbreantes y adorables en su apariencia que nosotros deseamos desesperadamente poseer o, cuando menos, imitar por medio de nuestras interpretaciones; la consecuencia natural es que, cuando nos feminizamos, deseamos ser tratados por los demás, pero sobre todo por tí, como lo serían los objetos de nuestras imitaciones, es decir, recibir las atenciones correspondientes a la apariencia que asumimos. Cuando ustedes nos tratan como a las chicas que pretendemos ser en esos momentos, su trato nos afecta profundamente porque significa que se dan cuenta de la perfección que ustedes representan para nosotros y que nos están concediendo y permitiéndonos compartir en cierta medida y por algún tiempo ese tan deseado encanto que tan ávidamente respetamos y admiramos en ustedes.
Deseamos representar el rol de una mujer en un mundo de mujeres, tan perfectamente como nos es posible, así como lograr una apariencia tan perfecta como podamos. Pero sería aberrante si actuáramos semejante papel y, al mismo tiempo, nos comportáramos como hombres de pelo en pecho, ¿no te parece? Si así lo hiciéramos, nos convertiríamos en un remedo sórdido y grotesco de lo peor de ambos sexos. Nos esforzamos por vivir nuestras vidas de varón de la manera más decente y honesta que podemos y, por tanto, cuando nos evadimos de ella y nos permitimos vivir unos momentos de expresión controlada de nuestra deliciosa (para nosotros) fantasía, también tratamos y con igual esfuerzo, de comportarnos como chicas decentes: recatadas, amables, con modales refinados propios de una dama. Es natural, entonces, que nos guste ser tratados en esas ocasiones como creemos habernos hecho merecedores por nuestra conducta, de la misma manera que le gustaría a cualquier chica verdadera, que se comportara con iguales rasgos de carácter, que la trataran..
Como ves, para nosotros, la personificación es un fin en sí mismo y, en verdad, constituye el propósito y la idea final de todo el proceso. No nos “vestimos” con otros propósitos ulteriores ni como un medio para lograr otros fines. No nos vestimos de mujer con la intención de atraer a otros hombres ni para “engañar” a propósito a nadie (salvo a nosotros mismos y, eso, con plena consciencia); nos “vestimos” como un reconocimiento supremo a la perfección que nosotros adoramos. Actuamos de esta inexplicable forma para compartir lo más completamente posible aquello que tanto amamos, la perfección del encanto femenino al que consagramos todo nuestro amor y todos nuestros empeños. Algo más. Hoy en día, como ha sido siempre a través de los tiempos, el mundo masculino es un mundo duro, exigente, competitivo en el que escasean las oportunidades de disfrute de la más mínima dosis de serenidad y paz. Y, por otra parte, el universo femenino nos parece en cambio un ámbito que contrasta por completo con el nuestro y ansiamos compartirlo aunque sólo sea durante unas cuantas horas para disfrutar de su serenidad, su tranquilidad y su calma, así como las satisfacciones táctiles que le son propias y, al mismo tiempo, sumergirnos totalmente en esa adorada imagen.
Nuestras necesidades de refinamiento, delicadeza, suavidad y afectación en el vestido, el ambiente, el comportamiento o la compañía son imposibles de satisfacer en el universo masculino debido, por supuesto, a la necesidad de preservar nuestra reputación, dignidad e ingresos que imponen las duras normas que en la actualidad rigen todo el sistema social. No es entonces sorprendente que nosotros, los que competimos en la jungla masculina, ansiemos un escape momentáneo para apaciguar un poco nuestra insatisfecha necesidad espiritual de tranquilidad y paz, así como para permitirnos estar en contacto con todas esas hermosas cositas delicadas y tan agradables, todas esas cositas que por regla general nos están vedadas. En algunas personas esta necesidad de escapar adopta la modalidad del travestismo.
Casi todos los travestis consideran que ustedes, las mujeres, gozan de la mejor parte de la vida, gracias a su habilidad para vivir ajenas a la necesidad de la competencia aguda y de todos los turbulentos e imperiosos esfuerzos, tanto físicos como mentales, que impone dicha competencia. ¡No es raro que ustedes nos sobrevivan! Todos nosotros — y me siento autorizado para hacer tan amplia generalización sin temor a ser contradicho porque yo he vivido en este universo transgenérico cada uno de los días de mi vida— , repito: todos nosotros las adoramos a ustedes, las genuinas mujeres, las amamos y las reverenciamos, las veneramos y las idolatramos, las respetamos y las envidiamos, única y exclusivamente por ser lo que son: hermosas, amables, suaves, delicadas, verdaderas damas, frágiles mujeres. Y nos sentimos tan intensamente atraídos por ustedes en calidad de amantes y de objetos de nuestra adoración que deseamos sobre todas las cosas compartir literalmente cada uno de los aspectos de su maravillosa existencia. Y ésto, que ahora te resultará evidente, es una forma mucho más profunda y mucho más preciosa de compartir, que cualquier otra que puedan asumir los llamados hombres “normales”. (Y hasta es probable que dispongamos de un más alto grado de capacidad de posesión).
Por todas esa razones, nosotros intentamos parecernos a ustedes, comportarnos como ustedes, sentir como ustedes sienten y ser tratados con el mismo trato que ustedes reciben, cuando menos durante los breves momentos en que nos sumergimos en esta efímera, ansiosa vida.
Mi bienamada, eso es más o menos lo que yo puedo decirte. Es la verdad y, la exposición más clara y exacta que me es posible de la exploración introspectiva de lo que mi espíritu siente. Espero que la lectura de estas líneas te permitirá conocer mejor, para bien o para mal, mi pensamiento; porque, cuando tu me acordaste tu anuencia y hasta tu asistencia con respecto a mi travestismo, te prometí que nunca más te ocultaría nada y, desde entonces, no guardo para tí ningún secreto... nunca más.
Con todo mi amor,
Gene.
* A finales de los ‘70, la Organización Mundial de la Salud (WHO, por sus siglas en inglés) modificó sus clasificaciones en virtud de los nuevos y contundentes descubrimientos acerca del travestismo. El término taxonómico adecuado para clasificar esta práctica es el de “Filia” (que significa “preferencia”, “gusto por...” (N.del Ed.).
** Tomado del "Espacio de Vane", en http://yotvht.spaces.live.com/
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