jueves, 18 de febrero de 2010

Transexuales Ecuador recorren calles por la noche para informar compañeras prevención VIH

Transexuales recorren las calles en busca de sus iguales para que se protejan del virus.

Diane Marie ha decidido enfrentar una selva ataviada con tacos, jeans ajustados y una blusa que desborda. Con sus insolentes 25 años decidió romper la ecuación sexo igual a órganos genitales. Se autoidentifica: “soy mujer trans”. Transexual, poderosa, envidiable, curvilínea, tuneada, sin rasguño alguno que evidencie que vive como en un campo de batalla.

Telégrafo-. Guayaquil es su jungla, su “selva urbana” la llama, la que tiene animales que la miran “cual extraterrestre” e intentan echarla de un mundo que creen que no le pertenece porque su voz es más gruesa, porque la manzana de Adán sigue ahí, porque “no quieren darse cuenta”. ¿De qué? “De que no soy gay, soy trans. Soy mujer y las que son como yo seremos mujeres aunque nos cueste la vida”.

Diane Marie Rodríguez igual prefiere que los extremos no lleguen y por las noches su cuerpo se reafirma. Como directora de la ONG Silueta X, sale a buscar a las que como ella enfrentan a bestias, todas humanas, que las persiguen, corretean, las que movidas por el morbo quieren su cuerpo, pero no su presencia.

Ella sale a decir que está y que no quiere que a las suyas las perjudiquen. ¿Con qué? “Con lo más terrible, el VIH”. Se preocupa por sus iguales, aquellas que no se atreven a pelear con bárbaros por las mañanas, pero que necesitan hacerlo por las noches.

“Hay que ser honestas, el 90% de las transexuales hacen trabajo sexual. Pocas tenemos la suerte de no hacerlo”. Pero Diane ha encontrado, solo en los alrededores de la Federación Deportiva del Guayas y el hotel Oro Verde, a 128 infortunadas. De las que meten carpeta para salir de la prostitución y aún no lo logran. Así es que se paran en las esquinas, trepan carros y después: “a luchar. Se trabaja pero con las cosas claras”, dice firme Nicole. Es decir, con sus condiciones: “no sin condón, no se pega y no se abusa. Igual abusivos siempre hay”.

A las que son como ella visita Diane, una vez tras otra. Sortea la lluvia, corre en medio de la oscuridad, tolera que los curiosos la miren como rara, le griten babosadas o que hasta un demente la persiga. “Las chicas me conocen, pero igual da miedo. Esto es oscuro, hay de todo”.

‘Todo’ es un loco que la molesta, inofensivo, pero constante. Un hombre que se para en una esquina a escuchar lo que charla con sus pares, y les dice cualquier cosa para convencerlas de darle sexo gratis. Como nadie le acepta la “oferta” de regalársele, lanza un “eshhha nota” decepcionado porque su ‘hombría’ no las ha motivado y se va.

“Es de esos ignorantes que creen que ellas están ahí porque les gusta y solo sirven para el sexo. Son humanas, vulnerables como cualquier mujer”, se indigna Diane.

De sus visitas han aprendido un poco el resto. Les llega siempre desde las 22:00 a su trinchera. Les da balas de combate: condones, información y esperanzas cuando se puede. Su estrategia para prevenir el virus tiene que ver más con exigir protección que con charlas pedagógicas.

Su enseñanza es más dura. Las circunstancias lo ameritan. Directo: reclamen usar condón. Háganse la prueba. No corran riesgos. Al principio las “alumnas” la correteaban. “Uy no era horrible, Carla que es grandota casi me pega. Y yo solo tenía mi bolsito con los condones, la información y la carpetita donde registraba que estaban ahí”, recuerda entre risas.

Usó otra estrategia, prefirió ir acompañada con “una de su talla”. Carla tuvo que aceptarla, como Nicole, como Diana, como todas las que ahora la ven llegar y la reciben. Charlan con ella y le cuentan quién las molesta. “La Policía todo el tiempo. Que nos dejen trabajar o qué creen ¿Qué estamos aquí porque queremos? ¿Qué para nosotras es fácil conseguir trabajo en un banco? No, la gente nos ve y nos manda para afuera. Buena hoja de vida dicen, pero nos quieren de terno y corbata. Y eso no”. La queja es de Diana.

Treinta y dos años con una figura labrada a la medida de lo que quería. Piernas firmes con cero celulitis. Se nota cuando camina con su mini, bien mini, sus tacos que la anuncian y su cuerpo talla: cero guatas.

Está afuera “porque la situación económica pega si nadie quiere dar ni una oportunidad. No es de puro gusto que alguien se para en una esquina”. Y allá afuera utiliza las defensas que Diane le brinda. No hay sexo sin condón. “A veces si cuesta 40, te ofrecen 80 por no usarlo. Y yo ya sé que el VIH se queda de por vida, así es que digo no. Ochenta dólares se te acaban en una semana y la enfermedad no se me va a ir en ese tiempo. Pero hay de esos y uno tiene que exigir que se lo pongan o te vas no más”.

Pero irse no es fácil. “Quieren abusar de una y creen que somos maricones. Pero no, con nosotras no se van a meter”. Diana ha aprendido más que cómo cerciorarse de que aquel pedazo de látex se use bien y “sin hacerse huequito al abrirlo”. Sabe también que hay “libre movilidad, penalidad al crimen de odio, derecho a la no discriminación y todo eso de la Constitución”. Pero eso no basta.

Nicole la secunda. Se acomoda en el pilar que usa de vitrina de exposición y lo medita. “¿Habría que educarse, no? Yo quise seguir la universidad pero no pude. Desde hace dos años estoy acá. Me gustaría salir, no solo en las noches. Una tiene sueños, como toda mujer. Pero si no hay plata, ¿qué se hace?”.

Es joven, apenas 22 años, y le gustaría “administración o una de esas cosas”. Ya con más estudios, habría “cómo hacerse ver del médico, pero con las arrancadas nocturnas apenas alcanza”. Diane la escucha. Le da una nueva noticia. No solo espera verlas en las noches. “Las voy a acompañar a hacerse sus exámenes médicos. Ya tenemos un centro donde las van a tratar bien. No público. Allá no saben ni qué darnos cuando la silicona corre por la sangre”.

Diana se emociona. La abraza, le da las gracias a su manera. Antes había intentado efectuarse chequeos, pero de la decepción “y la dejadez” prefiere automedicarse. Así anestesian el dolor para salir a su selva urbana en las noches. Con lo que allí viven les basta.

“En las mañanas -dice Diane- se esconden, pocas son las que salen”. Ella sale por las demás. Les busca talleres de capacitación, centros de salud, un carné que les reconozca derechos y ‘armas’ contra el VIH.

Debe conseguir algo para poder verlas nuevamente. Usualmente lo logra por ser “suertuda” y su buena fortuna la comparte con las trans que antes de subirse a un auto le dicen que se van “armadas de valor”.

Datos

De acuerdo con el estudio de la corporación Kimirina “No soy gay...”, de un total de 273 transgéneros encuestadas el 27% ejerce el trabajo sexual en Quito y un 50% en Guayaquil.

Se conoce además que de cada 10 relaciones sexuales que tienen, una es de riesgo.

La labor que efectúa en Guayaquil Silueta X se replica, también, en Quito, Salinas, Manabí y El Oro con otras ONG. Para mayor información comunicarse al 099659426 ó 042245287.

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